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I. Barbie y... Ken.

Lo primero que debéis saber de mi, es que no me lavo la cara cuando me despierto. Lo segundo, es que me llamo Mar, tengo diecisiete años y vivo en Ibiza, más concretamente en un pueblo que se llama San Antonio.
Más bien suelo despertarme tarde; me visto tarde, me preparo el bocata para ir a clase tarde y soy de dejar el baño sin recoger.
Para no cambiar las costumbres matutinas que llevo arrastrando desde el curso anterior, aquella mañana volvía a despertar tarde.
Me vestí lo más rápido que pude y cogí la mochila al vuelo a la vez que salía por la puerta de mi casa. Cuando cerré, me dí cuenta de que a pesar de que iba a deshora, el destino (o mi subconsciente) me jugó una mala pasada al dejar salir a mi perra al pasillo sin que yo me diese cuenta, lo que originó que tuviera que buscar como si se me fuera la vida en ello las llaves en el bolsillo pequeño de la mochila y además, encontrar la que necesitaba en el inmenso llavero lleno de recuerdos que tenía.
Cuando por fin conseguí que mi perra estuviera en casa el tiempo suficiente para cerrar la puerta, bajé corriendo por las escaleras hasta llegar al primer parking de la comunidad. Estaba destrozado, no recuerdo que se hubieran gastado dinero en hacer una mejora durante los diecisiete años que llevo viviendo ahí. Las paredes estaban descorchadas, la pintura se caía a trozos y ni siquiera se distinguían los números que diferenciaban una plaza de aparcamiento de otra, además de que tenías que hacer maravillas para encontrar la luz y no caer en el intento.
Una vez al lado de mi Vespa, negra, abrí el asiento para meter la mochila con los libros y coger el casco, cuando me di cuenta de que no había cogido el bocata que me había hecho mi madre esa mañana ya que a mi no me daba tiempo. Miré el reloj, y efectivamente, los minutos seguían pasando y yo seguía llegando tarde. Así que no me subí a por él y subí a la moto.
Mientras esperaba a que la puerta del parking se abriera lo suficiente como para que yo pudiera pasar, me puse el casco y guardé mi móvil en el bolsillo derecho. Cuando por fin se abrió, salí rapidísimo, todavía tenía que ir a por Andrea.
A Andrea la conozco desde hace aproximadamente trece años y es todo lo contrario a mi. Quizá por eso nos llevamos tan bien. Ella es alta, lleva una talla S de pantalón... y encima es la chica diez. Saca buenas notas, estudiosa a más no poder, simpática, agradable... Que no estoy diciendo que yo no lo sea, pero al fin y al cabo soy un cero a la izquierda si estoy con ella. Eso sí, si hay algún fallo que reprocharle... es que es demasiado perfeccionista y eso a veces, me saca un poco de quicio.
Volviendo al tema, cogí la cuesta que había para salir de mi casa por la calle Es pins y en la rotonda que había al final de la calle, estaba esperándome ella, y como no, perfectamente vestida y perfectamente peinada. Podrían haberla confundido con alguna de las modelos de Victoria Secret. Subió a mi moto y cuando fui a arrancar se me cayó el móvil del bolsillo y tuve que bajarme de la moto a cogerlo porque subida en ella no llegaba. Cuando pensaba que ya nada más podía pasarme esa misma mañana, llegamos al instituto diez minutos tarde y estuvieron a punto de cerrarnos la puerta principal. Al entrar en clase... ¡tachán! Estábamos en un examen sorpresa de griego. Genial. Maravilloso. Fantástico. Nótese la ironía.
Sin haberme quitado las legañas todavía, me senté en el sitio que quedaba libre entre un chico de clase que nunca hablaba y otro que no es que oliera... especialmente bien. Saqué el estuche de cuero que me había regalado mi padre de color marrón de la mochila y cogí el bolígrafo rosa que utilizaba, a saber porqué estúpida razón, en todos los exámenes. Carolina, la profesora de griego, me dio mi examen y casi me quedo sin oxígeno. Un texto a traducir y yo sin tener ni idea... estaba viéndome a mi con mi cero en su asignatura como siguiera así, y acababa de empezar el curso. No me apetecía comerme el coco en inventarme algo que sirviera porque sabía de sobra que no tenía ni idea de lo que me estaba pidiendo así que puse el nombre y se lo entregué. La profesora me puso una cara que parecía que estaba pensando con qué tipo de letra me pondría un suspenso mientras me sonreía cínicamente.
Carolina era la profesora más extraña que te puedas encontrar en la vida. Rozaría los sesenta años y parecía que tenía más energía que yo a mis diecisiete. Era una señora de estatura más bien baja y estaba bastante rellenita. De carácter era... una persona bastante cruel. Había visto a millones de alumnos llorar como si estuvieran cortando cien kilos de cebolla sólo porque ella les hubiera suspendido ya que no ofrecía ninguna manera de recuperar su asignatura. Así que tenía pocas esperanzas respecto hacia su asignatura.
Fui hacia mi asiento y recogí lo poco que tenía en la mesa y abrí la puerta al mismo tiempo que me giraba para despedirme de la profesora cuando de repente caí hacia atrás con todos los libros por el suelo. Carolina pegó un grito ahogado y me miró con rabia, como si la hubiera sacado de un trance de satisfacción al observar a sus alumnos. Cuando levanté la vista, me quedé anonadada.
¿Sabéis cuando de pequeñas jugabais a las Barbies y soñabais con que vuestros padres os regalaran al Ken para que pudiera tener novio? Pues algo parecido a un Ken se había chocado conmigo.
Alto, rubio, ojos azules, en vaqueros oscuros con una camisa granate... Se agachó a ayudarme a recoger los libros y yo reaccioné cuando Carolina carraspeó y entonces miré hacia donde estaba Andrea que me miraba divertida y me lanzaba mensajes gesticulando con la boca, mensajes como "joder, que bueno está". Después me levanté del suelo entre las risas de mis compañeros y las miradas despiadadas de la profesora y le pedí perdón a mi Ken particular sin mirarle más de dos segundos y salí de clase lo más rápido que pude sintiendo como me ardían las mejillas.
Aquella mañana si me tuve que lavar la cara.

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